Piratería

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Bandera de Jack Calico


La voz pirata viene del griego πειρατησ, que a su vez viene del verbo πειραω, que significa "esforzarse", "tratar de", "intentar la fortuna en las aventuras".

La piratería es la práctica, tan antigua como la navegación misma, en que una embarcación ataca a otra con el propósito de robar su carga, y muchas veces la nave misma. Sin embargo, los piratas no se limitaban a atacar otros barcos sino que muy a menudo asaltaban ciudades costeras.

Junto con la actividad de los piratas propiamente dichos, cabe mencionar los corsarios, que eran capitanes de embarcaciones privadas que recibían una licencia de su monarca, conocida como patente de corso, para atacar naves de un país enemigo. La distinción entre pirata y corsario es necesariamente parcial, pues corsarios como Francis Drake eran considerados vulgares piratas por las autoridades españolas, ya que no existía una guerra declarada con Inglaterra.

Los términos filibustero y bucanero son más específicos y están relacionados con la piratería en el Mar Caribe.

Contenido

Antigüedad

Las zonas de mayor actividad de los piratas coincidían con las de mayor tráfico de mercancías. La primeras referencias históricas sobre la piratería datan del siglo V adC, en la llamada Costa de los piratas, en el Golfo Pérsico. Su actividad se mantuvo durante toda la Antigüedad. Otras zonas afectadas fueron el Mar Mediterráneo y el Mar de China.

Grecia y Egipto

Aunque los datos no son muy abundantes por los mitos sabemos que los griegos clásicos fueron buenos piratas. Uno de los más famosos es sin duda Jasón quien guió a los Argonautas hasta La Cólquida en busca del Vellocino de oro lo que es, sin ningún género de dudas, un acto de piratería (gentes que vienen por mar para robar)[1].

También Ulises u Odiseo según las versiones realizó varios actos de piratería en su regreso a Ítaca como narra Homero en La Odisea.

Con estos dos ejemplos podemos ver una constante que se repetirá a lo largo de los siglos. Los piratas son, en muchas ocasiones, considerados héroes nacionales en sus países; pese a practicar lo que en tierra se llamaría robo y secuestro.

Uno de los piratas griegos más famosos de los que sí se tienen referencias fue Plutarco de Samos que en el siglo VI A.C. saqueó toda Asia Menor en diferentes expediciones y llegó a reunir más de 100 barcos[2].

También los egipcios consideraban piratas a los Pueblos del Mar porque la principal expedición contra ellos llegó por esta vía. Sin embargo muchos otros autores no comparten esta clasificación porque los Pueblos del Mar sólo fueron marineros en el último momento de su historia [1].

Roma

En el Mediterráneo, en la época final de la república, los piratas llegaron a convertirse en un peligro, desde sus bases primero al sur de Asia Menor en las montañosas costas de Cilicia y más tarde por todo el Mediterráneo, puesto que impedían el comercio e interrumpían las líneas de suministro de Roma.

A diferencia de siglos posteriores, los piratas de la Antigüedad no buscaban tanto joyas y metales preciosos como personas. Las sociedades de aquella época solían ser en su mayoría esclavistas y la captura de personas para ser vendidas como esclavos resultaba una práctica altamente lucrativa. Las piedras preciosas y otros tipos de mercancías también podían ser importantes, pero ocupaban un segundo lugar [2].

Uno de los casos más conocidos de piratería contra las líneas de navegación lo protagonizó Julio César, que llegó a ser prisionero de los piratas cilicios (75 adC). Plutarco en Vidas paralelas cuenta que el jefe cilicio estimaba el rescate en 20 talentos de oro a lo que el joven Cesar le espetó ¿Veinte? Si conocieras tu negocio sabrías que valgo por lo menos 50. El cautiverio duró 38 días, en los cuales el rehén amenazó a sus captores con crucificarlos. Finalmente el rescate se pagó y el futuro cónsul de Roma fue liberado; pero no estaba afectado por lo que hoy llamaríamos el Síndrome de Estocolmo; pues cuando recobró la libertad organizó una expedición, pagada con su propio dinero, durante la que apresó a sus captores y los crucificó a todos[2].

Hacia 67 adC, Roma nombró a Pompeyo procónsul de los mares, lo que significaba que se le otorgó el mando supremo del Mare Nostrum (el mar Mediterráneo) y de sus costas hasta 75 km mar adentro, se le concedieron todos los ejércitos que se encontrasen a las costas del Mediterráneo, contando así con unos 150.000 efectivos, así como el derecho de tomar del tesoro la cantidad que necesitase. Finalmente, también se le proveyó con una flota bien pertrechada. En diversas operaciones eliminó en cuarenta días a todos los piratas de Sicilia e Italia y, tras el asedio y toma de Coracesion, a los piratas de Cilicia, acabando así, en cuarenta y nueve días, con los piratas de la zona oriental del Mediterráneo.

Sin embargo, fue un romano el que cerró ese periodo de paz naval y se convirtió en uno de los grandes piratas de este pueblo (en lucha contra sus propios ciudadanos). Sixto Pompeyo se levantó contra Roma décadas después y comenzó a realizar acciones que le permitieron reunir riquezas suficiente con las que armar una flota propia. Con esta escuadra logró tomar las islas de Sicilia y Cerdeña hasta que Octavio Augusto lanzó contra él una flota que le derrotó y le obligó a navegar hasta el Mediterráneo Oriental para pedir refugio a Marco Antonio. Este, aún no enemistado con Octavio, lo ejecutó y le mandó la cabeza al segundo triunvirato de Roma.

La Edad Media

Siguiendo la división historiográfica clásica podemos dividir a la Edad Media en Alta y Baja. En la primera, los piratas protagonistas fueron los vikingos; en la segunda, el centro de atención se desplaza más hacia el Mediterráneo Oriental y la creciente expansión del Islam.

Los vikingos

Aunque este pueblo permaneció sumido en luchas intestinas durante varios siglos, en 793 realizan el primer ataque en la costa norte de Inglaterra y dos años después en Irlanda.

Desde esa fecha hasta poco después del año 1000 los pueblos del norte realizaron todo tipo de incursiones en el mar del Norte, el Cantábrico y el Mediterráneo (tanto oriental como occidental). El radio que alcanzaban sus excursiones fue aumentando progresivamente; según crecían sus conocimientos de la costa y los ríos navegables.

Los vikingos supieron unir a sus grandes dotes marineras la sorpresa y la no poca ferocidad con el uso de la espada. Sin embargo, este pueblo goza de cierta leyenda rosa en lo que a sus dotes militares respecta y, por ella, se tiene la idea de que eran los más terribles guerreros europeos o mundiales de la época, siempre dispuestos a luchar hasta la muerte con la espera de sentarse a la mesa en el banquete de Odin tras haber tenido el privilegio de morir con la espada en la mano. Frente esta leyenda la historia muestra hechos donde se ve que, como cualquier pirata, atacaban aquello que creían poder conquistar y en muchas ocasiones huían. Un ejemplo lo aporta su primera incursión en Al-Ándalus; donde tomaron Cádiz y subieron de nuevo por el Guadalquivir, saquearon minuciosamente Sevilla desde la que lanzaron avanzadillas a pie. Sin embargo, cuando Abd Rahman II salió con sus hombres en su búsqueda y tras algunas batallas los vikingos huyeron, abandonando Sevilla y a muchos rezagados, quienes terminaron, o bien criando caballos y haciendo queso, o ahorcados de las palmeras de Tablada por los hombres del Emir [3].

Tampoco es cierto que vencieran la mayoría de las veces. Si se sabe que arrasaron París y York o que se adentraron tierra a dentro y capturaron al rey de Navarra García Íñigo en el asedio de Pamplona en el 858, por ejemplo. Quizá la derrota más contundente la infringió Harold Godwinson, heredero del trono inglés tras la muerte sin descendencia de Eduardo de Inglaterra; aquel defendió sus derechos frente al pretendiente danés Horal Hardrade y su flota de 300 naves (más de 10 000 hombres) en la Batalla de Stamford Brige en 1066, donde cayó el propio monarca pirata [4].

Pese a ser considerada siempre una profesión de hombres (con prohibición expresa en algunos casos de embarcar mujeres) las féminas siempre han participado y dirigido expediciones, navíos y flotas. Así numerosas naves normandas eran comandadas y tripuladas en su totalidad por mujeres.

No se sabe con certeza la causa o causas que terminaron con los ataques vikingos. Algunos autores opinan que la aceptación de la fe cristiana hacia el año 1 000 por la mayoría de ellos los atenuó en su deseo de atacar a sus correligionarios. También se apunta a que las incursiones sólo constituían una moda y que terminaron cuando ya no fueron novedad. De cualquier modo los reinos nórdicos cada vez deseaban abrirse más al resto de Europa y comerciar con ellos en lugar de invadirlos. Como ejemplo está el caso del rey castellano Alfonso X El Sabio que casó a su hermano Fernando con la princesa Cristina de Noruega el 31 de marzo de 1252; porque dicho matrimonio era conveniente tanto para Alfonso X como para Haakon IV[5].

Los vitalianos

La piratería europea a finales de la Edad Media la protagonizaron los ya expuestos berberiscos en el Mediterráneo, que comenzaban a crecer en importancia, y los vitalianos en el mar del Norte[1].

Las ciudades del mar Báltico y algunas de la parte oriental del mar del Norte comenzaron a unirse comercialmente hacia el año 1 200 para regular primero y controlar después el comercio por esa zona. Con el tiempo se terminó formando una cofradía de ciudades portuarias llamada la Liga Hanseática comúnmente conocida como Hansa, a la que terminaron perteneciendo la práctica totalidad de las urbes bálticas constituyendo un auténtico monopolio.

Como la inmensa mayoría de los monopolios la Hansa comenzó a obtener beneficios rápidamente y a convertirse en un coloso comercial. Desgraciadamente para ellos era un coloso desunido, pues cuando algunos piratas atacaron barcos de Bremen y acudieron a la ciudad de Wismar para revender la mercancía los comerciante, miembros ellos mismo de la Liga, no dudaron en comprar lo que les ofrecían a tan buen precio, aun conociendo sobradamente su procedencia y las artes utilizadas para conseguirla.

Esta experiencia no fue más que una larga lista de ellas que llegó a enfrentar a unas ciudades contra otras e incluso a pagar y financiar ejércitos católicos con dinero protestante para atacar a otros protestantes. En uno de estos asedios ciudades como Wismar hablaron con los piratas para lograr ser abastecidas y les extendieron patentes de corso. Estos valiente navegantes cruzaban por la noche o incluso por el día las líneas de buques enemigos llevando armas, información y sobre todo alimentos, que en una derivación del latín (victualia) se diría vituallas y de esta nuevamente derivó al nombre vitaliano (el que lleva los alimentos en traducción libre)[1].

Los vitalianos resultaron muy útiles en muchas de estas contiendas y la ciudad de Estocolmo no hubiera resistido tanto como resistió frente a las tropas de Margarita I de Dinamarca de no haber sido por estos navegantes.

Esta idea de valerosos corsarios que arriesgaban sus barcos y sus vidas para mantener con vida a la población de las ciudades fue progresivamente degenerando con el tiempo cuando sus actividades volvieron a la simple piratería.

Su influencia fue grande durante la Baja Edad Media en la Europa del Norte y lograron varios actos destacados en los actuales Países Bajos, Alemania e incluso Francia; pero estos éxitos terminaron trayendo su fracaso cuando llegaron a ser una amenaza para la riqueza de aquella zona. Numerosos reyes y señores emprendieron campañas contra ellos hasta que finalmente fueron vencidos por Sima de Utrecht y muchos de sus capitanes terminaron colgados de plazas a la vista del público.

Edad Moderna

Tres acontecimientos relacionados marcan la piratería tras la Caída de Constantinopla hasta la Revolución Francesa:

  • El descubrimiento de América por parte de los europeos.
  • Las inmensas riquezas halladas en el Nuevo Continente.

Una cuarta circunstancia no tan unida a las anteriores la constituyó el creciente poderío musulmán, especialmente turco, en todo el Mediterráneo.

Los corsarios berberiscos

Desde el siglo XIV el mar Mediterráneo conoció las numerosas incursiones de piratas y corsarios turcos y berberiscos que atacaban las naves y costas europeas en medio del conflicto entre el Cristianismo y el Islam que culminó con la conquista cristiana de Granada y la turca de Constantinopla, Chipre o Creta.

Los berberiscos contaban con los importantes puertos de Tánger, Penón de Velez dela Gomera, Sargel, Mazalquivir y los bien defendidos en Túnez y Argelia, incluso Trípoli, desde los que atacar cualquier punto del sur europeo y refugiarse con rapidez llevando los rehenes por los que se pedía rescate.

Debe tenerse en cuenta que la piratería a naves cristianas era considerada por los berberiscos una forma de Guerra Santa y por tanto noble y ejemplarizante.

Desde estas fortalezas los berberiscos atacaban los puertos del sur de la península Ibérica, el archipiélago de las Baleares, Sicilia y el sur de la península Itálica. Tanto es así que el cronista Sadobal escribió:

Diferentes corrían las cosas en el agua: porque de África salían tantos crosarios que no se podía navegar ni vivir en las costas de España
Ramijo Freijoó, España pone pie en Berbería, Mazlquivir, nº 83 de La Aventura de la Historia, Arlanza Ediciones, Madrid, septiembre de 2005.


Puede sorprender que un peligro tan grande durara tanros siglos, especialmente sabiendo que aquellos puertos no eran partes de una estado centralizado (el poder de los sultanes era nominal) y el tribalismo predominaba en la región, dividiendo las fuerzas frente a un ataque de Europa. A esto autores como Ramiro Feijoó puntualizan que aquella región tenía un escaso o nulo valor económico para las monarquías de Zaragoza o Valladolid. Sin embargo la situación cambió con la firma de la Paz de Lyon en 1504 y los ataques berberíscos a Elche, Málaga y Alicante en 1505.

Los especialistas consideran un error pensar que la península Ibérica sufría muchos más ataques que la Itálicas. Sin embargo la primera contaba con el conocimiento de la lengua, las costas y las costumbres de los Andaluzis que habían abandona la Península con la Reconquista. Muchos de ellos se conviertieron en guías, lenguas, aladides, leventes o incluso capitanes [6] y, ya en tierra, contaban con la connivencia de los otros andaluzis que reclamaban, e incluso varios musulmanes actuales siguien reclamando, aquella tierra invadida como suya. De esta manera las viejas incursiones medievales como la cabalgada o la algarada vuelven a practicarse desde el mar.

En los primeros años del siglo aparece un personaje que, apoyado por los gobernantes otomanos y bereberes se dedicó a atacar numerosas naves europeas, principalmente españolas e italianas: era Aruch Barbarroja. Este corsario llegó incluso a recibir de manos del rey de Túnez, en 1510, el gobierno de la isla de Jerba, desde donde siguió organizando sus pillajes y ataques, como la conquista de la ciudad de Mahón en 1535. Tras su muerte, su hermano Jeireddín, de quien heredó el apodo de Barbarroja, llegó a empequeñecer la leyenda de Aruch. Tanto es así que el Abate de Brantone, en su libro sobre la Orden de Malta, escribió de él:

Ni siquiera tuvo igual entre los conquistadores del griego y romano. Cualquier país estaría orgulloso de poder contarlo entre sus hijos
piratas


Las acciones berberiscas fueron aumentando en número y osadía llegando a tomar posesiones en Ibiza, Mallorca y en la propia España continental con ataques en Almuñécar o Valencia [7]. Bien es verdad que muchas de estas acciones culminaban con éxito gracias a la cooperación que los argelinos y tunecinos obtenían de los moriscos hasta que fueron expulsados por Felipe III. La Leyenda negra dice que por motivos religiosos; pero una de las principales causas estriba en esta, que llamaríamos hoy, traición [7].

Pese a ser el Atlántico el principal foco de atención de los Austrias las acciones en el Mediterráneo nunca se descuidaron. Actualmente toda la costa española está jalonada por torres de vigilancia (donde una siempre divisa otras dos) y torres de guardia para defender las costas (un ejemplo es Oropesa del Mar, en Castellón). Estos piratas dieron origen a una frase que ha perdurado desde entonces No hay moros en la costa. Lo mismo que las acciones de, la que hoy llamaríamos, sociedad civil para aliviar el sufrimiento de los cautivos y sus familias con la fundación de la orden de los Mercedarios dedicados únicamente a reunir rescates.

Pero no se debe caer en la idea de que los reyes españoles se limitaban a desplegar una estrategia defensiva. Las operaciones que culminaron con la toma de Túnez y la de Argel por Carlos V y Juan de Austria, incluso la misma Batalla de Lepanto por este último estratega fueron los principales y más grandes intentos de combatir esta piratería que suponía todo un martirio para España y otras naciones europeas.

El apogeo de la piratería berberisca llegó en el siglo XVII, cuando se extendió prácticamente por todo el litoral del Atlántico Norte. De esta época datan ataques tan al norte como en Galicia, las islas Feroe e incluso Islandia. Es posible que incluso alguno de estos barcos hubiese alcanzado las costas de Groenlandia de forma puntual. En el siglo XVIII la práctica, lejos de decrecer, se mantuvo e incluso aumentó en algunos momentos gracias a la disminución del dominio marítimo español sobre el Mediterráneo occidental con la pérdida de Orán y Mers-el-Kebir durante la Guerra de Sucesión Española de 1700-1714.

Las acciones de los piratas berberiscos no remitirían hasta comienzos del siglo XIX, cuando países como Gran Bretaña, Francia y Estados Unidos comenzaron a realizar campañas de castigo contra la base pirata en Argel. Ésta vio destruida gran parte de su flota en 1816 y en 1830 cayó ante las fuerzas francesas, que la usarían como punto de partida para crear la colonia de Argelia a lo largo del siglo siguiente. La presión internacional y la decisión del Imperio Otomano de acabar con esta práctica llevaron al final de la piratería en Marruecos, Túnez y Tripolitania en los años siguientes.

Los corsarios cristianos

Los corsarios cristianos también atacaban los navíos musulmanes bajo las órdenes de los reyes cristianos. Desde las posesiones españolas de Italia solían hacerse reclutas de militares para ejercer el corso en el mar Egeo y el Norte de África. Los navíos españoles, al mando de veteranos de las guerras imperiales de los Austrias, operaban unas veces por su cuenta dando caza a los bajeles musulmanes, y otras se agrupaban para asaltar y saquear ciudades e islas. El más conocido de estos corsarios es Alonso de Contreras, que además dejó en su autobiografía (Vida del capitán Contreras) un relato pormenorizado de las luchas que vivió entre 1597 y 1630.

Los franceses descubren el oro de la Indias

Como se ha indicado anteriormente todas las naciones europeas quedaron fuera del reparto de tierras y comercio con las colonias americanas; este sólo lo podía realizar la Casa de Contratación con sede en Sevilla.

Pese a que durante muchos años los monarcas hispanos trataron de mantener en secreto lo descubierto en América, en 1521 piratas franceses a las órdenes de Juan Florin lograron capturar parte del famoso Tesoro de Moctezuma abriendo toda una nueva vía para asaltos y abordajes en busca de fabulosos botines. Tanto es así que al cabo de San Vicente los españoles comenzaron a llamarlo El cabo de las Sorpresas[7].

Sin embargo, y volvemos a desmontar otro tópico, los españoles aprendieron pronto a defenderse de los piratas franceses, más tarde ingleses, y comenzaron la construcción de los impresionantes galeones. Mucho más armados que los navíos piratas y preparados para frustrar el abordaje con una descarga de sus enormes piezas de artillería.

Ante esos los corsarios galos y algunos, pocos, españoles enrolados con ellos probaron a cruzar el Océano y asentarse en las islas del Caribe donde pudieran atacar pequeños barcos y poblaciones indefensas. Es el caso de Diego Ingenios y Jacques de Sore que sitiaron Nueva Cadiz y llegaron a capturar a su gobernador, Francisco Velázquez. También es el caso de la ciudad hondureña de Trujillo que fue saqueada y arrasada por los piratas en varias ocasiones pese a los refuerzos enviados (sorprende que con tantos ataques siga existiendo en la actualidad).

El corso inglés

Más tarde surge como nuevo pirata la figura del corsario inglés, una clase social sui géneris, especializada en el robo marítimo, en el saqueo de ciudades, de puertos y de mercancías. Los corsarios disfrutaban de lo que se llama patente de corso, es decir "licencia para robar y saquear", con la autoridad explícita del rey u otro gobernante. Esta patente era privilegio de Inglaterra y Francia que tenían a sus corsarios institucionalizados y cuya actividad se convierte en lícita en tiempos de guerra. De esta manera los piratas clásicos se van haciendo corsarios, que es una postura más cómoda pues actúan siempre dentro de un orden legitimado y bajo la protección de la ley.

La percepción de los corsarios depende obviamente del observador: para los atacados son simplemente piratas, o mercenarios sin escrúpulos, mientras que para sus connacionales son patriotas e incluso héroes. En Inglaterra, la piratería se convirtió en un negocio legítimo. Fue Enrique VIII el primer monarca que expidió las patentes de corso. Más adelante, la reina Isabel I se convertiría, por este medio, en "empresaria marítima", otorgando las patentes a cambio de parte del botín conseguido.

También debe tenerse en cuenta que estos corsarios muchas veces eran comerciantes que vendían productos muy necesarios para los colonos y compraban a buen precio los artículos que estos debían vender exclusivamente a la Casa de Contratación. Por lo tanto, en muchas ocasiones, la presencia permanente de piratas en el casi despoblado Caribe insular era bien visto, e incluso necesario, tanto para los habitantes como para las élites españolas residentes en América[7]. Es el caso de John Hawkins que vendió esclavos traídos desde África y compró especies a mucho mejor precio que el pagado desde Sevilla[1].

En algunos casos después de expirada la licencia o acabada la guerra, los corsarios vuelven a actividades privadas como ricos burgueses que incluso son condecorados. En Inglaterra existen monumentos levantados a algunos corsarios, considerados como héroes. El más famoso de los corsarios del siglo XVI es, sin duda, Francis Drake, insigne almirante, honrado por su reina en agradecimiento a los servicios prestados y elevado a la categoría de sir. Sobrino de otro pirata, también ennoblecido por la reina, sir John Hawkins, juntos asaltaron Veracruz en 1568, cuando aún carecía de fortificaciones. Drake tiene en su haber el más cuantioso botín recordado en la historia: dos buques españoles que transportaban oro y plata americanos, en Nombre de Dios (Panamá), lo que le supuso que Isabel I lo armara caballero.

Sin embargo, no todos los corsarios consiguen el título de caballero. Algunos de ellos, una vez acabado el conflicto que propició la expedición de su patente, continúan su actividad convertidos en simples piratas

El siglo XVI será un siglo de fomento entre los corsarios y piratas del asalto y captura de los galeones españoles y el apresamiento de sus hombres. En Dover se llega a pagar 100 £ en pública subasta por hidalgo capturado.

Surge también una actividad nueva: los piratas o corsarios se hacen negreros y se apoderan en África de material humano para vender y esclavizar. Figura de esclavista británico más sobresaliente de este momento es el ya citado John Hawkins que pobló de negros africanos toda el área del Caribe.

La piratería en el Caribe español

La Ruta de las Indias, que seguían las embarcaciones españolas, cruzaba el océano Atlántico rumbo a Cuba o a la Española. De estas islas partían dos rutas hacia el continente: a Veracruz y a Cartagena de Indias.

Durante los primeros siglos del dominio español en América, piratas que intentaban, y en muchos casos lograban, robar valiosos cargamentos de oro y otras mercancías procedentes del Nuevo Mundo abundaron en el Mar Caribe, el que presentaba un lugar ideal para la actividad por su abundancia de islas en las que los piratas podían refugiarse.

Felipe II, para evitar el ataque de los pirata a los navíos españoles, ordenó que ningún barco hiciera la Ruta de Indias sin protección. Para ello optó por la constitución de convoyes en los que las carabelas y las naos eran escoltadas por los poderosos galeones y carracas. Este sistema constituyó un gran éxito si nos atenemos a la proporción de flotas fletadas (unas cuatrocientas) frente al de flotas atrapadas (2) que da un porcentaje de capturas de un 0,5%.

En cualquier caso, en el siglo XVII el Trópico de la América hispana se convirtió en el escenario donde actuaban a destajo los lobos de mar a menudo amparados por los grandes países de Occidente (principalmente Inglaterra, Francia y Holanda).

Como se ha indicado, se llamó corsarios a los que actuaban por cuenta de sus reyes, quedándose con parte del botín. Por su lado, los simples aventureros y ladrones fueron conocidos con el nombre genérico de bucaneros, pues sus tripulaciones se nutrían de habitantes de las islas que preparaban y vendían carne al bucán, ahumada. Sembraron el terror y la desolación en las poblaciones situadas en el Golfo de México y en el Caribe. Veracruz, Cuba, Santo Domingo, Cartagena de Indias, Panamá y Nicaragua fueron los lugares más castigados, víctimas de saqueos, asaltos y asesinatos. Resaltan las figuras de Henry Morgan, El Olonés (de nombre Jean David Françoise de Nau), Lorencillo (cuyo nombre era Laurent de Graff, algunos hacen referencia a él como Lorent Jácome), todos ellos piratas sin escrúpulos. Los peores asaltos que se recuerda fueron: Maracaibo por El Olonés, Veracruz por Lorencillo y Puerto Bello por Morgan. En estos lugares azotados y desprotegidos no contaban con ninguna defensa por parte del imperio español de ultramar.

Pero esta situación fue cambiando a medida que las colonias iban aumentando en población y la metrópoli fue invirtiendo en la flota, defensas y guarniciones. De esta forma de a finales del siglo XVI los principales piratas y corsarios habían muerto o estaban prisioneros

La decadencia de la piratería caribeña

El desastre de la Armada Invencible produjo en España y en especial en Castilla un sensación de pánico ante la indefensión frente a un posible contraataque de Inglaterra y las Provincias Unidas lo que llevó a los procuradores a atender las demandas de Felipe II que solicitó y obtuvo 8 millones de ducados para nuevas naves y fortificaciones. Este nuevo impuesto fue conocido como Los millones y resultó terrible para los españoles en general y los castellanos en particular, especialmente para las clases más humildes, pero la cantidad fue abonada con creces[8].

Al año siguiente de la Invencible los ingleses atacaron Galicia, cosechando una terrible derrota. Al mismo tiempo las fortificaciones en América, como la inexpugnable Cartagena de Indias, fueron reforzadas por los mejores arquitectos del Imperio (como Juan de Herrera) poniéndole la tarea mucho más difícil a los piratas.

El bucanero representa la degradación de la idea romántica del pirata. En el siglo XVII aparece una serie de aventureros que llenan las costas americanas y que van en busca de fortuna. Son mercaderes y negreros, bandidos y contrabandistas. Navegan por iniciativa propia pero con dispensa pública de sus gobiernos respectivos. Se dedican casi exclusivamente al saqueo de las riquezas obtenidas por los españoles, para su propio provecho. A estos nuevos piratas, en España, se les llama herejes luteranos por sus actividades que se consideran no sólo ilegales sino violadoras de la fe católica. Tenían su cuartel general en las colonias de Barbados y Jamaica. Esta llegó a ser la isla más rica y fuera de la ley del mundo. Los piratas se adueñaron de esas costas por espacio de 200 años.

Algunos historiadores modernos consideran que la piratería fue un factor decisivo en la decadencia del imperio español. Sin embargo esa opinión no es unánime. Autores como Wolfram ZuMandfel [1] opina que la causa del empobrecimiento la tuvo la opresiva política de monopolio ostentado por la Casa de Contratación unido con la limitada capacidad productiva de España que no podía atender todas las demandas de utensilios, herramientas, enseres y demás mercancías demandados por una colonias que la superaban en mucho a su población.

Por su parte Germán Vázquez Chamorro hace hincapié en que muchos de los más famosos piratas (como Anna May o Mary Red) realmente se atacaban barcos pesqueros o chalupas de escasa o nulo valor para la corona española[9]. Este mismo autor, comentando el libro de Lucena Salmoral Piratas, corsarios y filibusteros[10], indica que la piratería descendía con las firma de tratados de paz, que hacían menos necesarios a los piratas. Así pasaban de los honrosos corsarios a filibusteros y finalmente a viles piratas a los que persiguieron y castigaron sin piedad porque en el siglo XVII y XVIII ya no eran necesarios.

Completando estos argumentos está el dato, ya mencionado, de las poquísimas flotas perdidas a manos de los piratas. En opinión de estos historiadores el empobrecimiento causado por los bandidos del mar, pese a tener puntos de verdad, es más una deformación fruto de la literatura y la filmografía.

En la Isla Tortuga (frente a las costas de Haití, rodeada de islotes, lo que hace que, a veces, sea mencionada en plural como Las Tortugas), los bucaneros tuvieron una base internacional durante los siglos XVII y XVIII. Formaban una asociación llamada Hermanos de la Costa. La cofradía admitía a los proscritos, forajidos y a los tipos más crueles que se presentasen. Muchos colonos insatisfechos con el provecho que sacaban a sus tierras y deseosos de enriquecerse con rapidez se les unieron en sus hazañas.

Hubo un pirata con vocación de escritor, llamado Alexander Olivier Exquemelin que ha dejado un verdadero tesoro histórico en su obra Los piratas de América. Describe a los piratas, la geografía por donde se movían, la historia de muchos de ellos, costumbres y recompensas.

Otro tipo de bandidos del mar fueron los filibusteros, especialistas tanto en el robo y pillaje de barcos españoles como en introducir mercancías de contrabando, sobre todo en Cuba y en las islas cercanas. No hay unanimidad respecto al origen de la palabra. Unos la derivan del inglés free booter, merodeadores del mar. Otros afirman que puede venir del nombre de los buques ligeros fabricados en la zona de Las Tortugas, muy veloces por su proa afilada, por lo que eran llamadas fly-boats y a los que los españoles llamaban filibotes. Existe una tercera versión, más inverosímil, que sostiene que pudo surgir de una hermandad pirata fundada en las Tortugas, la hermandad de los hijos de los botes o filiboat. En cualquier caso, se trataba de tipos sin escrúpulos como sus anteriores colegas, pero tenían costumbres distintas, pues esta nueva especie liquidaba rápidamente el botín conseguido para empezar de nuevo la aventura del pillaje. Tenían a gala un lema: Contamos con el día en que vivimos y nunca con el que habremos de vivir. Belice fue un importante refugio filibustero durante el siglo XVII. Aunque pertenecía a la Capitanía de Guatemala, al estar su costa resguardada por arrecifes y de difícil acceso a través del continente, los filibusteros encontraron fácil acomodo allí.

A partir del año 1697, parte de la piratería se trasladó a América del Norte y parte al continente Asiático, al mar Rojo y costa de Malabar, con su base de operaciones en la isla de Madagascar. En Asia, el nuevo escenario es el mar de la India. El corso británico vuelve a tomar la patente y surgen figuras como Avey y Kidd. En el Extremo Oriente persiste la actividad de piratas portugueses, holandeses y británicos y sus andanzas visitan los mares de la India, China, Japón, Malasia y Borneo.

Edad Contemporánea

El fenómeno de la piratería ya estaba muy disminuido a medida que los estados podían fletar armadas nacionales sin recurrir a los corsarios. Al mismo tiempo la progresiva organización y fortificación de las colonias y colonización de nuevas tierras como África cierra las posibilidades a los buitres del mar de atacar posiciones en tierra.

En toda esta selva de piratería hay un personaje insólito que representa el auténtico romanticismo pirata. Bartolomé Misson, de nacionalidad francesa es un idealista, preocupado por la justicia, por construir un Estado utópico en alguna isla del Océano Índico. Se ha dicho de él que es un equivalente al Quijote, en el mundo de la piratería. Sus biógrafos cuentan que siempre repartía el botín equitativamente entre su gente y que dejaba en libertad al capitán de la nave apresada.

Los investigadores y analistas de la piratería señalan que ésta no es un asunto resuelto aún y que sigue actuando de maneras diversas.

A mediados del siglo XIX una nueva ideología se une a las anteriores compartidas en mayor o menor medida por los piratas. Es la Doctrina del destino manifiesto invocado por el pueblo estadounidenses. Siguiendo esta doctrina, y teniendo en cuenta que la práctica totalidad de la superficie continental estaba dominada y anexionada, América Central era el próximo objetivo de los norteamericanos y el modelo el estado de Tejas (Texas para los anglosajones).

Siguiendo el éxito anterior los Estados Unidos pretendía crear un imperio tropical, especialmente los estados del Sur que formaría los efímeros Estados Confederados de América. A este fin se prestaron hombres de mar como John Quitman o Narciso López, de origen venezolano, que planearon invadir Cuba, proclamarla independiente de España y unirse a la emergente potencia mundial.

Persona como los citados volvieron a poner en uso el viejo término de filibustero sin ninguna connotación peyorativa en aquella época.

Quizá el más famoso de todos aquellos filibusteros, pese a su corta vida, sea William Walker quien realizó tres expediciones para tomar distintas partes de América Central.

Piratería en el siglo XX y XXI

Durante el siglo XX la piratería, ejercida de forma sistemática, esta concentrada a reductos del Tercer Mundo. Los países que, se estima, albergan más piratas son: Somalia, Indonesia y Malasia. En estos últimos se aconseja a los propietarios de yates y veleros esparcir la cubierta de chinchetas para dormir con cierta tranquilidad durante la noche.

En el siglo XXI los ataques piratas se realizan ayudados por el GPS y se dedican a robarle las cámaras digitales y otros objetos de valor a los turistas[10]. Su zona de actuación siguen siendo las mismas que el siglo XX (sureste asiático, el Cuerno de África principalmente) donde los estados no tienen verdadera jurisdiccion y, a veces, ni siquiera el poder para controlar a sus fuerzas, ya se han de seguridad o armadas.

Para barcos de gran tonelaje los actos de piratería son muy escasos.

  • Entre 1994 y 1995 Canadá y España mantuvieron una disputa cuando la marina de guerra del primer país atrapó y remolcó a uno de sus puertos a un pesquero de altura español cuando faenaba en aguas internacionales. El gobierno canadiense acusó a los pescadores españoles de expoliar el caladero de fletán negro. España consideró este apresamiento como un acto de piratería, a lo que respondió con el envío de dos fragatas de la Armada. Por su parte Canadá amenazó con considerarlo un acto de guerra y unos pescadores ingleses capturaron otro pesquero español e izaron en él la bandera canadiense.
  • En 1995 varios barcos españoles apresaron un pesquero francés por faenar con redes ilegales de un kilometraje superior al permitido. Como en el caso anterior Francia lo calificó como un acto de piratería.

Sin embargo el protagonismo de la piratería del siglo XX y XXI ha pasado de la marítima a la aérea. En varios países, especialmente Colombia, se realizar actos de piratería aérea para solicitar rescates a los familiares de los secuestrados.


Bibliografía y referencias

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  2. 2,0 2,1 2,2 Laura Manzanares, El Mediterráneo, también mar de piratas, Nº 56 de Clio, Madrid, 2006
  3. Error en la cita: El elemento <ref> no es válido; pues no hay una referencia con texto llamada iberia12
  4. Error en la cita: El elemento <ref> no es válido; pues no hay una referencia con texto llamada vikingos
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  6. Error en la cita: El elemento <ref> no es válido; pues no hay una referencia con texto llamada aventura83
  7. 7,0 7,1 7,2 7,3 Esteban Mira Caballos, Corsarios, tábanos del Imperio, nº 88 de La aventura de la Historia, Arlanza Ediciones, Madrid, febrero de 2006
  8. Carlos Gómez-Centurión, La Armada Invencible, Biblioteca Básica de Historia -Monografías-, Anaya, Madrid, 1987, ISBN 84-7525-435-5
  9. German Vázquez Chamorro, Mujeres piratas, nº 75 de La aventura de la Historia, Arlanza Ediciones, Madrid, junio de 2005
  10. 10,0 10,1 Germán Váquez, Sangre por oro, nº 84 de La aventura de la Historia, Arlanza Ediciones]], Madrid, octubre de 2005

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